Sin saber muy bien hacia dónde va, ni con quién va, ni por qué va, sin importarle mucho siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante. Javier Cercas, "Soldados de Salamina".

sábado, 16 de abril de 2011

SENSACIONES, RECUERDOS Y DESEOS INVENTADOS



                                                                          Isla Cristina  8/ 7 / 2006




   Hace varios años que me venís urgiendo y reclamando espacio y tiempo de salida, por el pequeño o gran hueco del cual surgen las palabras escritas.
   Es muy conocida la frase: lo urgente no me permite hacer lo importante, y lo urgente son y han sido tantas y tantas cosas en los últimos tiempos.....
   También es verdad que os han precedido otras.. ¿Creaciones, ideas, manifiestos.....?.
   Bueno, tal vez pueda comparar esta amalgama de formas por crear con los espermatozoides u orgasmos: unos se convierten en hijos para toda la vida en nuestra área física y psíquica y otros se liberan mientras dormimos plácidamente, con lo cual sólo son quimeras, bellas quimeras de atardeceres frente al mar.
   Pero no temáis: os llegó vuestra hora.
   Que este parto sea más o menos lento, aun no lo se.
 Estoy frente al océano que no calla, que murmura y murmura desde tiempos remotos, unas veces de forma serena y otras terribles.
   Frente al océano que camaleónicamente cambia de color.
   Frente al océano que regala encajes espumosos, como alfombras de bienvenidas hacia él.
   Estoy también mimetizada entre gente ruidosa y sobrecargada de peso que espejea con aceites y cremas protectoras.
  Que vocifera sin tener pregón entre sus labios.
  Que cambió su pudor, estética y represión por la libertad de movimiento.
   Gente que no me molesta, ahora, porque por fin estoy con vosotros: en este momento sois lo más importante para mí.
  









Sensaciones,recuerdos y deseos inventados

 

 

Mérida


   Y todo empezó hace varios años en Mérida, en su magnífico Museo.
   Iba caminando lentamente, con admiración, respeto... y nada más, entre otras personas que caminaban tan relajadas como yo, cuando te vi.... cuando nos vimos.... y ahora que tanto demoré, que tanto pregunté, investigué, dudé, dejé de pensar, te relegué al  olvido, me recriminé por subjetiva.... en fin, tanto y tanto como tú sabes, ahora puedo y quiero decir: cuando nos vimos, amor.
   Cuando nos volvimos a ver.
   Cuando nos reencontramos.
   Cuando tú, después de llamarme a gritos mudos para los demás, incluso para mí – pobre amor mío – lograste mi atención.
   A gritos esparcidos por ondas que resonaban en los mares, que paseaban los vientos por el espacio sideral y cronológico.
   Con gritos roncos y lasos, pero nunca temiste que fueran inútiles.
   Estabas cansado, a veces desesperado, pero insistías, porque sabías que nos volveríamos a encontrar.
   Un amor como el nuestro va contra vientos y mareas, contra ideales y conveniencias, contra tempestades internas y calmas externas, contra olvidos premeditados y ansiedades desasistidas.
   Y lo se ahora amor,  tan pragmática como he querido ser anulando evidencias, ahogando sentimientos y experiencias que no podía comprender.
   ¿Cómo era posible darles cabida, o entrada libre, si en toda mi actual efectividad no existió nada ni nadie que me hiciera sentir lo que yo sabía?.
   ¿Cómo comprender un amor inmenso, un solo ser no subdividido, sino complementado; un solo sentimiento encastrado y enclaustrado dentro del alma, si repasando vivencias exhaustivamente, nunca existieron, ni nadie lo provocó en mi ser?.
   ¿Cómo saber, que amar no era aquello?.
   ¿Cómo conocer, que vivir era otra cosa?.
   ¿Cómo imaginar, que cuando el sol rielaba sobre el mar, antes de ir a llamar a las puertas de otras ciudades, extendiendo un tapiz anaranjado ante mí, desde la orilla de encajes hasta el horizonte curvado, no era sino tu sutil invitación hacia el reencuentro?
    ¡Ay amor! Varias veces he escrito acerca del poder de seducción que ejercía en mí aquel camino ondulado.
   Del estómago al corazón y a la boca, y del estómago hacia el vientre y mis pasos, ha sido una llamada tremenda e intensa, angustiosa, incomprensible, que a veces me llenaba de estupor, otras de felicidad irracional, e invariablemente, de lágrimas mis ojos.



   Sólo eras un busto, un pequeño busto.
   Amor, me tiemblan los labios conteniendo los sollozos.
   Con pudor, mis pestañas encapotan mi pesar.
   Un pequeño busto.....
   Tus ojos me miraban impotentes e imponentes, desesperados, angustiados... ¿y por qué no decirlo?: dominantes.
   Te miré, como a un desconocido retador de miradas: seria y sin reciprocidad; tal vez con extrañeza.
    Intenté continuar mi camino, el pasillo lleno de vitrinas, mientras conversaba con la persona que me acompañaba acerca de lo que íbamos viendo.
   Pero ¡ah truhán! No me dejaste seguir.
   Volví sobre mis pasos, los pocos pasos emprendidos, y se volvieron a encontrar nuestras miradas.
   Yo al principio, ya lo sabes, con curiosidad y un poco molesta.
   Dije a los demás que continuaran el recorrido, que estaba leyendo algo y te atendí entre inquisitiva y cortés.
   ¡Qué bello estabas amor mío!
   Si no hubiese estado tan enamorada de ti desde hacía siglos, me hubiese enamorado en aquel instante.
   Tu bella cabeza patricia, tu amplia y despejada frente sinónimo de inteligencia atemporal, tu hermosa nariz mediterránea, tu mentón decidido y honesto... y tus labios... ay amor tus labios de seda, miel, retama y romero, volvieron a retozar por mis sentimientos y mis sentidos.
   El crujido leve de tu túnica me envolvió como caricia añadida; como si también me reconociera.
   Nos miramos intensamente entre respuestas sin preguntas.
   Los olivos suplantaron a las frías vitrinas y entre sus ramas pude contemplar la luna.
   Inclinaste lentamente tu noble cabeza,- la cabeza que me gustó siempre acariciar y entremeter mis dedos morenos por tus cortos cabellos – hasta posar tus labios sobre los míos.
   Al principio con devoción, como se roza el aire, como quien teme se trate de espejismo, y luego con toda tu pasión sin límite, sólo frenada por cuestiones ajenas a nuestra propia voluntad.
   Tus manos sensitivas se apoderaron de mi talle y me indujeron hacia ti, sin voluntad propia.
   Si el cielo hubiese besado el mar; si las estrellas en corro alrededor de la luna hubiesen cantado la armonía del cosmos... o simplemente, si el hombre fuese bueno con el hombre, no hubiese sido tan grandioso como aquel....
   Aquel, aquel ¿qué?... oh Dios... de pronto me vi otra vez entre vitrinas con restos de historia catalogada; con gente a mi alrededor ajenas a todo, a ellos mismos.
   Me llamaban para salir; ya se había terminado la visita.
   Busqué a mí alrededor: no, no estoy loca; me volví en redondo y.... otra vez te vi como cuando entré: convertido en un pequeño busto, solo que esta vez, algo en tus ojos brillaba.


ROMA



   Igual que fui a Mérida, por casualidad, así llegué a Italia.

    De Sur a Norte, empapándome de Historia de Imperio para exámenes.
   Pompeya, Vesubio encubridor de vanidades e ideales.
   Gente nueva, amistades, risas, pasta y más pasta rechazada por mí ante las bromas de mis compañeros casuales.
   Y Roma.
   Con su extinguido esplendor y su increíble presente sectario.
   Visitas y visitas tan parecidas y tan dispares.
   Cielo limpio y azul; mañanas diáfanas y antiguas.
   Nos llevaban al Coliseo.
   Entre gente, como borregos, siguiendo el gorro blanco que enarbolaba nuestra guía, que a veces se convertía en faro ante nuestros despistes.
   A mí me gusta ser borrega – iba comentando – que me expliquen, me cuenten y me lleven; ya estoy cansada de ser yo la pastora del rebaño.
   Riadas de camisetas antielegancia; señoras rivalizando con gallos de pelea en corte y color de pelo; pobres niños en mochilas que no se enteraron ni ese día, ni nunca, de lo que hicieron y lo digo por experiencia.
   Fuimos entrando, sin prisa, pero sin pausa para mirar, porque admirar ya era un lujo.
   Y me fui mareando, no se por qué, y angustiando; tampoco tenía motivo.
   Llegamos arriba, como al ruedo, desde donde se veían los pasillos interiores porque el suelo estaba descubierto, y era el lugar de espera de los gladiadores o de los cristianos, según a qué espectáculo asistían – nos contaban -.
   Todo estaba lleno, éramos muchos visitantes.
   Nos explicaba la guía algo acerca de un balcón en alto, creo recordar, para las mujeres. Pero ahora me extraña porque no recuerdo discriminación de género en el Imperio, o tal vez nos mostraba el lugar de las mujeres nobles o plebeyas, no se, no lo recuerdo; no me encontraba en estado de almacenar información.
   Estaba cada vez más confundida y me faltaba el aire.
   Salí por un hueco a un pasillo que rodeaba toda  la ruina, como buscando oxígeno en un espacio menor.
   Me sentía muy mal.
   Tanteando la pared llegué a un hueco, como de ventanal, desde donde se veía el redondel del Coliseo, pero esta vez no estaba abierto, no se veían los pasillos interiores.
   La gente vociferaba, el colorido de los visitantes coetáneos se había transformado en tonos naturales y algún que otro color púrpura a lo lejos.
   Solos tú y yo.
   Me mirabas.
   Te miraba.
   A veces tú estabas sobre la arena y yo te contemplaba desde no sé donde.
   Otras, en la arena estaba yo y te buscaba aterrada.
   Me ahogaba, me asfixiaba y nadie se daba cuenta.
   Me asomé, o intenté salir al pasillo por donde iban todos en fila, otra vez los colores, el rebaño....
   Volví al interior y lloré amargamente, como hacía años, o tal vez siglos que no lo hacía, con la plena sensación de haberlo hecho en aquel mismo lugar.
   Lloraba y me contemplaba ajena a todo: al presente y al pasado, incluso a la misma pena.
   Me fui serenando, desapareció el ahogo y entré en el servicio de señoras para lavarme  la cara y las manos, que tenía incomprensiblemente sucias.
   Muy seria e incorporada a los demás, expliqué mi ausencia lo mejor que pude.
   El resto del viaje, no se pareció en nada a los días precedentes.
  


   Han pasado varios años, no muchos.
   No me dejaba vivir todo aquello.
   Ahora me explicaba por qué di tan poca cabida en mi vida al amor: porque estaba saturada de él.
   Al principio me molestaba pensar en ello, más tarde le fui dando paso cautelosamente en mi interior.
   ¿Por qué no investigar?
   Volví a Mérida.
   Amor, tu pequeño busto no estaba, ni la vitrina donde te encontré estaba segura de que fuese la misma.
   Desolada pregunté y me dijeron que estabas itinerante en una exposición.
   Itinerante estuve yo también.
   Mientras, indagué tu identidad, pero te habían encontrado en el interior de una casa particular y al ser el busto tan pequeño, era posible que fuese el de algún amigo o familiar no muy cercano.
   Tras muchas horas de búsqueda virtual y algún que otro viaje relámpago, pude sabe donde te hallaron: en la Toscana.
   No me daban más información, dado el tamaño del busto y la no repetición del personaje.
   Tuve que dejar de buscarte: ni mi trabajo, ni mis medios económicos me lo podían permitir.
   En cierto modo, te abandoné.



   A veces tenía percepciones.
   Como de algo ocurrido.
   Recuerdos sin recodar,  olores sin olor, felicidad no compartida en la realidad existente.
   Una noche de verano estaba paseando por el campo.
   Pasaba unos días en un pueblo y salí a pasear un rato.
   Olivos, otra vez los olivos.
   Caminaba bajo la luna llena por un estrecho sendero de tierra y me adentré sin dame cuenta en los sembrados.
   Las sombras multiplicaban los árboles.
   Tocaba las hojas estrechas y duras con suavidad de caricia a mi paso.
   Había caminado un gran trecho y me sentí, no sé si cansada o atraída, hacia un tronco más nudoso y viejo que los demás.
   Apoyé sobre él mi espalda y mi cabeza alzada para ver la luna y al poco entrecerré los ojos.
   Antes de sentir tus labios junto a los míos, había escuchado tus pisadas, tan conocidas, sobre la tierra.
   Tu dedo índice fue dibujando mi cara: las cejas, los pómulos, la nariz.....
   Despejaste mi cara de los cabellos que mecía el viento y me desprendiste el pasador de plata que los sujetaba.
   No quería abrir los ojos; me parecía que se iba a rompe todo el encanto, tan segura estaba de que era una enajenación.
   Sentí tu aliento deslizarse por mi cara hasta mis labios muy lentamente, poco a poco alcé mis brazos rozándote el pecho, los hombros y la nuca, volviendo a entremezclar mis dedos con tus cabellos.
   Pusiste el pasador entre las ramas como acostumbrabas y bajaste tus manos por mi espalda hasta mi talle para acercarme a ti.
   Aun sin abrir los ojos podía contemplar  los tuyos, entre azules y verdes, como las olas del mar antes de romper, que se alzan translucidas para crear la espuma.
   Tus ojos amor, que sin palabras tanto me dijeron.
   La claridad molestaba mis párpados que se fueron entreabriendo.
   Había una luz amarillenta envolviéndolo todo, y yo no entendía nada: estaba amaneciendo.
   Me encontré, como se puede encontrar a una extraña, tumbada sobre la tierra, sin sandalias y con la camisa desabrochada.
   Como pude me levanté temiendo que me viese alguien, abotoné mi ropa, calcé mis pies y me alisé el pelo.
   Entonces fue cuando vi relucir, con tonos dorados prestados por el sol naciente, a mi pasador de plata..... que colgaba abrochado de una rama.



   El río pasaba más lleno que otras veces.
   Me gustaba oír su murmullo.
   Era de noche y paseaba por una de sus márgenes, sorteando los macizos de juncos que se enganchaban en mi vestido blanco.
   Ondulaba una ligera brisa el agua, multiplicando infinitamente los fragmentos de la luna que contemplaba su curso.
   Me sentía bien, casi ingrávida.
   Al llegar a una pequeña explanada en declive escalonado, me senté y descalzándome, introduje mis pies en la rivera.
   El agua estaba templada y podía sentir la corriente acariciando mis tobillos.
   El olor del campo impregnaba de embrujo la noche.
   Cerré los ojos y olfateé para desgranar la amalgama de olores: no conocía tantos nombres.
   Adelfas rezagadas, romero, menta, tomillo, algún jazmín lejano....
   Y tu olor, - de amante pulcro -  sonreí; tu olor a retama fresca.
   Te sentía detrás de mí.
   Noté que vestías túnica corta, porque el vello de tus piernas rozaba mis brazos.
   Una de tus manos acariciaba mi cabeza y con el junquillo que traías en la otra, cosquilleabas mi espalda.
   Te sentaste tras de mí, y abriendo tus piernas rodeaste mi cuerpo.
   Me recliné sobre ti, nuestras cabezas estaban juntas y mientras me acariciabas con dulzura, fuimos contemplando el cauce cada vez más sereno.
   Se oían crujir las ramas que las aves noctámbulas abandonaban, para posarse en otras.
   El silencio cuidaba del griterío nocturno.
   Tus manos llegaron hasta mis senos y mi cabeza retozó sobre tu cuello.
   Besabas mi nuca y mi mejilla se volvió hacia ti reclamando también.
   Me fui volviendo lentamente, estaba de rodillas ante ti, entre tus piernas, y te miraba amor, nos mirábamos, con la paz de quien tiene toda su necesidad enfrente.
   Besaste mi nariz, y mis pómulos, y mi frente, y mis ojos, y cuando ya de mi rostro no te quedaba labor, bajaste por mi cuello hasta mi pecho mientras te recostabas en el suelo atrayéndome hacia ti.
   Nos amamos, con ese amor eterno, atemporal y sin barreras.
   Nos amamos, sin decir palabras porque de nuestras miradas fluían todas las frases necesarias.
   Nos amamos, como sólo es verdad que se ama.
   Sentí frío.
   Abrí los ojos y ya no estabas, pero me sentía tan impregnada de ti, que no sentí pena, ni vacío, porque también sabía que volverías.
   Recogí mi ropa que estaba esparcida al alrededor y al ponerme las sandalias  sonreí: en mi tobillo derecho tenía una abrazadera de retama.
.



   Estaba con unos amigos al borde de la carretera esperando que pasaran los ciclistas.
   Era un acontecimiento para el pueblo y allí, después de haber comido en una venta, estábamos dispuestos a animar a los deportistas.
   Todo iba en aumento: el jolgorio, la gente, el calor.
    En algunos se notaban los efluvios del alcohol, cosa que animaba a los demás en las risas.
    Había mucho color en aquel trozo de carretera.
    La alegría que se respiraba en aquel lugar contrastaba con la realidad del mundo.
   Recordé algunos comentarios de mayores, en lo cuales decían que en los tiempos de la dictadura, en las retransmisiones de La Vuelta Ciclista todo era maravilloso.  
   El cielo azul de una España en paz; los campos fértiles gracias a los pantanos; la gente feliz bajo una sola bandera..... y que se olvidaban de contar como iba la carrera.
   Pues casi igual, la misma España de pandereta: los mayores bajo las sombras de los árboles, ahora sin una sola mella, los más pequeños encima de las vallas de protección con su protección solar y los medianos con mucha sobrecarga de peso encima.
   Por lo demás, la misma alegría por cualquier cosa, - y que no falte-.
   Y llegaron los ciclistas.
   Del asfalto sudado subía un ligero vaho, a lo lejos espejeaban los  rivalizantes manillares, los maillots tenían colores inventados en estos años y las ruedas se intuían más que verse.
  Todos animábamos a los agotados hombres.
  Donde estábamos hacía una pequeña curva la carretera, justo a nuestra altura una bicicleta derrapó y el chico cayó delante de nosotros muy aparatosamente.
   Se había hecho daño, sangraba, el casco se le había caído y también las gafas,
   Me miraba angustiado.
   Sus ojos mediterráneos me traspasaron  el cerebro a través de mis pupilas.
   Y su olor, oh su olor a sangre y sudor fatigado.
   No tenía maillot, sino el pecho desnudo que sangraba con abundancia.
   Rápida me incliné hacia él y le cogí la cabeza ente mis manos.
   Le besaba la frente y le mesaba los cabellos.
   Sus ojos vidriosos se cerraban y no contestaban a mi llamada.
   Su nombre brotaba de mis labios una y otra vez rogándole que no se durmiese.
   Mi vestido blanco estaba empapado en sangre.
   Vinieron a llevárselo y a mí me arrancaron el alma hasta desfallecer.
   Cuando me repuse, me acribillaron mis amigos a preguntas: si yo conocía al ciclista, que no sabían que hablase un italiano tan antiguo, que por qué me impresioné tanto.... pero nadie supo recordar el nombre que yo tanto repetí.



   Descansaba en el porche de mi casa.
   Había entrado el otoño revestido de verano tardío.
   Era temprano, pero ya estaba anocheciendo.
   Subí a la terraza para poder mirar más tiempo la luz del atardecer y me quedé un rato quitando hojas secas a las plantas de las jardineras.
   Ya había violetas.
   La verdad es que no se habían marchitado las anchas hojas en todo el año.
    Las conté: ya había siete violetas.
   Qué flor tan humilde y tan bonita.
   Me senté en una butaca blanca desde donde podía ver la piscina de la urbanización que continuaba llena todo el año y en la cual, a veces, daban conciertos las ranas o los sapos.
   Los árboles del Paraíso estaban próximos a la poda, por lo tanto estaban aun muy frondosos y se recortaban verde oscuro en el atardecer anaranjado.
   A mí me gustaba mucho estar a esa hora en aquella terraza. Tenía ventanales muy grandes y daba al jardín que rodeaba las piscinas y que sólo se utilizaban en verano, con lo cual desde arriba parecía la prolongación de mi propio jardín.
  Tenía grandes macetones con plantas, flores y árboles pequeños.
   Era muy grato aquel sitio para descansar, trabajar o pensar.
   A veces me subía la cena allí y después me quedaba leyendo o escribiendo hasta tarde.
   Las cortinas y cojines eran de color claro, que en contraste con el verde de las plantas, daban luminosidad a su interior.
   Yo le llamaba mi invernadero.
   El techo era inclinado con tiras anchas de cristales. Cuando el sol estaba fuerte, corría un toldo de color crudo y por las noches lo descorría, apagaba la luz y podía mirar el paso de la luna y las estrellas.
   Era viernes y había llegado a ese día de la semana como llegaba siempre: muy cansada y muy contenta.
   Al llegar a casa me cambié de ropa y me puse otra más cómoda de color blanco, me gusta mucho ese color.
   Miraba por el ventanal que está junto a las cañas de bambú del patio de abajo que llegaban a esa altura y veía pasar, sobre el agua ya estancada de la piscina más cercana, las nubes blancas bajo el cielo color naranja y sobre el agua verdosa salpicada de hojas secas.
   Me sentía muy feliz, incomprensiblemente feliz.
   Repasé todas las plantas poco a poco enterrando en la tierra las hojas secas; era como un ritual: deseaba que descansaran en el lugar donde nacieron.
   Me senté en la mecedora que estaba junto a la ventana abierta y mientras me balanceaba se me fueron cerrando los ojos.
   Sonreía: sabía que aquella noche vendrías.
   Mi vida ya no era una vida triste, ni ansiosa o dudosa.
   Era consciente de lo que tenía, que no voy a negar me parecía muy poco, pero que a veces me colmaba por un tiempo con las sensaciones vividas y sus recuerdos para desmenuzar.
   Pasé una etapa en que aquello me parecía tan absurdo e irreal que a un amigo del alma que estaba enamorado de mí, dejé que entrara en mi vida por una puerta más profunda que la de la amistad.
   Pobre chico, qué poco tiempo duró todo, y también pobre de mí que sentí anular la esperanza de tener una relación más sencilla, sensata o vulgar, no se cómo llamarla.
   Sentada en la mecedora, y al cabo del tiempo, sonreía de las cosas que ocurrieron aunque en su momento me irritaran.
   Programamos un viaje.
   Yo, sinceramente, me sentía muy ilusionada y él estaba tan feliz, que no vivía más que para hacerme los días distintos.
   Me gustaban sus besos y sus caricias sin pensar ni comparar ensueños y viví días muy bonitos.
   Fuimos a un lugar bello y bien pensado para estar juntos por primera vez, era muy importante para los dos.
   Ya en la habitación, recordó una bolsa que olvidamos en el coche, el ascensor no funcionó,  y bajando por la escalera se cayó y nos tuvimos que pasar el fin de semana en el hospital,
   En la ambulancia repetía continuamente que lo habían empujado.
   Aquella noche, cuando se durmió, salí a pasear por el jardín y en una zona un poco más oscura, sentí cómo me cogías del brazo, me dabas la vuelta con cierta violencia y me besabas con la locura furiosa del poseedor.
   Tu mirada severa no me molestó tanto como me dolió por ti, por tu impotencia y tu soledad.
   Al día siguiente hablé con mi amigo  y todo terminó.
   Hoy te esperaba con mis mejores galas.
   No me sorprendiste como otras veces.
   A casa era la primera vez que venías y quería ser una buena anfitriona.
   Paseé un poco la ventana hasta que te sentí junto a mí.
   Tu mano en mi talle y tu cabeza junto a la mía.
   Eso no sólo me bastaba, sino que me colmaba.
   Mirábamos juntos hacia fuera, pero ya no era la piscina lo que se veía sino un estanque con nenúfares y lentejuelas verdes, entremezcladas con aceiteras flotantes encendidas.
   Bajamos por una escalera de mármol blanco y enfilamos un sendero iluminado por antorchas.
   Íbamos muy juntos y caminábamos despacio.
   Una ligera brisa nos envolvía, me estremecí, y pasaste tu brazo sobre mis hombros.
   El suelo se iba alzando suavemente y subimos una pendiente hasta un senador en la colina, desde donde podíamos ver una alfombra muy tupida de árboles: estábamos en La Toscana; lo hubiese reconocido aun con los ojos cerrados, tan sólo por su olor.
   Ibas muy serio, casi triste y no sabía preguntarte.
   Me acariciabas con gran cariño, pero sin la pasión de otras veces: la dulzura la había suplantado.
   Seguimos paseando y cogiste al pasar unas flores pequeñas que pusiste en la palma de mi mano, cerrándola dentro de la tuya.
   Me apretabas fuerte y de pronto me abrazaste llorando amargamente junto a mi cuello.
   No sabía qué sucedía, pero sin palabras comprendí que ocurría algo muy grave y que era posible... que no nos volviésemos a ver.
   Cogí tu cara entre mis manos y nuestros ojos se encontraron; de los tuyos caían lágrimas amargas.
   El viento de levante zarandeó los árboles, hizo volar las cortinas y volví a la realidad, pero esta vuelta era muy triste: tenía las mejillas resecas de lágrimas, la palma de la mano izquierda teñida de color azul y en la jardinera sólo quedaban dos violetas. 




   Ha pasado tiempo y no has vuelto amor.
   Preguntas sin respuestas en mi interior.
   Ya no vivo, sobrevivo y mi mente divaga de forma torpe entre sensaciones, recuerdos y deseos inventados.
   Salgo poco y sólo me calma escribir y rebuscar en nuestro pasado, algo que no me conduce a nada.
   No se si tu llanto fue porque presentías que ibas a morir o porque sabías que era la última vez que podías volver.
   Tantas y tantas hipótesis y conjeturas que no se qué ha sido real o concebido por mi necesidad de mantenerte junto a mí.
    Un día me desperté con una fina concha de nácar sobre la almohada.
   Creí enloquecer de la alegría: otra vez volvías amor.
   Con luna y sin ella paseaba por la orilla; dormía en la arena con sol y con viento; buscaba en las olas, en las dunas, por la marisma... no se qué, pero buscaba.
   La razón y la llamada de atención estaba allí, la concha lo pregonaba: estaba en el mar, en la playa.
   Ya lo se y me deja sosegada.
   Está atardeciendo, la playa está tranquila y solitaria, la tarde es serena y el mar sigue con su taimado y eterno murmullo.
   Hay nubes alargadas coqueteando con el sol que escapa en rayos oblicuos que se hunden en el horizonte; está cada vez más bajo y riela sobre el mar antes de ir a llamar a las puertas de otras ciudades.
   Ya extiende el tapiz anaranjado ante mí, desde la orilla de encajes hasta el horizonte curvado.
   Ya puedo comprender el poder de seducción que ejerce este camino ondulado.
   Del estómago al corazón y a la boca, y del estómago a mi vientre y a mis pasos, por fin puedo acudir a esta llamada que hoy ni es angustiosa e incomprensible, ni me llena de estupor: es la llamada que tanto esperábamos los dos.
   Dejo este cuaderno sobre la arena seca, bien arriba de la playa para que lo encuentren y pongo encima mis sandalias junto a una piedra para que no se lo lleve el viento.
   El sol se ha parado a medias, me aguarda: el tapiz es perfecto y mi estado de ánimo también. Ya voy amor, te amo.



         Mª Pepa Castro Higueras                                   24/03/2011  



                                                                 Mª Pepa Castro Higueras








   








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